“Las cruces sobre el agua”, entre literatura y denuncia social 

Guayaquil es cuna de grandes exponentes de la literatura ecuatoriana. Uno de ellos, Joaquín Gallegos Lara, quien publicó “Las cruces sobre el agua”, en 1946, como un testimonio de la resistencia heroica de los obreros guayaquileños, en un periodo tardío de la efervescencia del realismo socialista.

La masacre de obreros del 15 de noviembre de 1922 en Guayaquil, es quizá, proporcionalmente, una de las mayores represiones militares en contra de civiles del Siglo XX; es también el “bautismo de sangre” de la clase obrera ecuatoriana. Las víctimas, que reclamaban mejores condiciones laborales y económicas en un contexto de pobreza y marginación, no eran únicamente obreros, también había artesanos, gremios de panaderos, carpinteros, ferrocarrileros, comerciantes, cacaoteros, entre otros trabajadores.

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Este episodio histórico, uno de los más recordados en nuestro país, fue mitificado e inmortalizado en la novela “Las Cruces sobre el agua” escrita por Joaquín Gallegos Lara, integrante del famoso “Grupo de Guayaquil”, “los cinco como un puño”, uno de los grupos más importantes de la literatura ecuatoriana; conformado junto a José de la Cuadra, Demetrio Aguilera Malta, Alfredo Pareja Diezcanseco y Enrique Gil Gilbert. Gallegos Lara nació en 1909 en el seno de una familia de clase popular; a los 13 años, en la bisagra de la niñez-adolescencia, fue testigo presencial de la masacre de1922.

Estos recuerdos e imágenes impregnaron su conciencia de un profundo compromiso social, que se tradujo en militancia en el partido comunista y en la publicación de varias obras literarias de reivindicación obrera/artesanal con un marcado anhelo de justicia social.

Estos recuerdos e imágenes impregnaron su conciencia de un profundo compromiso social, que se tradujo en militancia en el partido comunista y en la publicación de varias obras literarias de reivindicación obrera/artesanal con un marcado anhelo de justicia social.

En 1930 publicó el volumen de relatos “Los que se van”, junto a los narradores Demetrio Aguilera Malta y Enrique Gil Gilbert; obra primigenia y experimental, donde la denuncia social se cruza con las vanguardias europeas para producir cuentos violentos, realistas y maravillosos que retratan los dramas cotidianos del hambre, la injusticia y la miseria de un grupo campesino: los montubios, habitantes rurales del litoral.

“Los que se van” anuncia también la presencia de tres voces nuevas y distintas en el panorama guayaquileño. Gallegos Lara fue el menos prolífico y el que tardó más en publicar su novela insigne, quizá porque su vida fue un continuo enfrentamiento político e intelectual desde la trinchera, la barricada, la calle, el periodismo y el relato de izquierdas.

PORTADA-LIBRO

Gallegos Lara publicó “Las cruces sobre el agua” en 1946 como un testimonio de la resistencia heroica de los obreros guayaquileños, en un periodo tardío de la efervescencia del realismo socialista. Los cuentos y novelas de inicios de la década de 30 se ambientaban en contextos rurales y campesinos, sin embargo, la ambientación fue cambiando progresivamente hasta arribar a la urbe: “Las cruces sobre el agua” es mucho más que una novela de denuncia social, es la novela del Guayaquil urbano de inicios del siglo XX con un brote de “peste bubónica, los tranvías tirados por asnos, las primeras salas de cine, los trabajos, el desempleo” (Adoum 1984 p.45), los niños jugando entre chaparrales y morros, los astilleros, las fábricas, la desigualdad, la injusticia. Los personajes no son estereotipos, “no están hechos desde el comienzo, se van formando” (Adoum 1984 p.46). Alfredo Baldeón, el zambo protagonista, emerge niño entre las sombras nocturnas de una covacha con vista a los cerros del Chongón.

Lo acompañamos en su dura infancia: la madre Trinidad regresa a su natal Durán dejándole al cuidado de su padre Juan Baldeón, que cae enfermo apestado; pero que, por fortuna, logra recuperarse. Juan vuelve a casarse y se establece como panadero, en tanto Alfredo crece en compañía de su mejor amigo Alfonso Cortés. Llega la adolescencia, el descubrimiento, el primer viaje. El llamado de la carne, el almizcle, la pasión; nuestros protagonistas descubren que “el mundo es maravilloso: el cuerpo de las mujeres, un misterio atrayente, cálido. Conociéndolo, acariciándolo ¿qué importaba morir?” (Gallegos Lara, 1990 p.192).

Baldeón y Cortés forman una entrañable amistad, signada por la diferencia, mientras Alfredo decide ir a Esmeraldas, a combatir en las guerras civiles; Alfonso ingresa a estudiar la secundaria en el Colegio “Vicente Rocafuerte”. Sus caminos, como en toda buena amistad, vuelven a juntarse una y otra vez, comparten el trajín de la batalla y el estudio agotador hasta llegar a la madurez, hasta hacerse hombres, guayacos, hermanos.

Estos primeros capítulos, además de ser deliciosas páginas costumbristas, funcionan como una novela de aprendizaje: un Bildungsroman cuyo destino final, ejemplificado en los tres viajes de Alfredo Baldeón, es la movilización social, la consigna, la bandera roja, la bayoneta, el sacrificio y la muerte. Al poco tiempo, Alfredo y Alfonso se descubren impotentes en medio de la depravación, de la crisis política y social generalizada, agudizada por la baja de los precios internacionales del cacao y un gobierno que se negaba a negociar con su pueblo.

Mientras Alfredo pasó del frente de armas a la fábrica, al taller y a la panadería como su padre; Alfonso estudió la secundaria, aprendió música y consiguió un trabajo de amanuense mal pagado. Superada la adolescencia sentaron cabeza, las pasiones furtivas dieron paso a un amor racional, responsable, que pensaba en el futuro en medio de levantamientos populares, huelgas y represión.

LITERATURA-ECUATORIANA
Una vez conocemos los dramas de los personajes principales y secundarios, Gallegos Lara introduce seis estampas o retratos de personajes nuevos que sirven para disolver a los protagónicos y conducirnos hacia un desenlace polifónico, en donde surgen diversas escenas que como en un acto coral suceden al unísono y nos precipitan al destino de cada personaje: el 15 de noviembre de 1922. Esta técnica hace que las imágenes de la matanza aparezcan ante el lector una y otra vez, “como debió haberles parecido a los testigos presenciales, repetirse a cada instante o repetirse interminablemente” (Adoum 1984 p.46).
En las “Cruces sobre el agua” los sucesos cotidianos se conectan con el acontecer nacional, los personajes inventados se mezclan con personajes basados en personas reales como el propio Alfredo Baldeón. El panadero Alfredo Baldeón real fue la primera víctima de la masacre de 1922, cayó asesinado en medio de un disturbio en una panadería; Gallegos Lara le devolvió una vida literaria repleta de amor, humor y ternura. Por supuesto, la novela fue motivo de numerosas interpretaciones, desde quienes la enaltecen como un ícono que rescata un episodio trágico de la clase obrera, hasta quienes la desprestigian por las convicciones políticas de su autor o por el inadecuado uso histórico de su material.
Varias advertencias: a pesar de que la novela es programática, propagandística e ideológica, posee numerosos méritos literarios e incluye hermosas descripciones de los paisajes de Guayaquil, su urbe y sus habitantes de inicios del siglo XX. “Las cruces sobre el agua” no es un retrato fidedigno de la historia, es una obra literaria y por tanto, toma elementos de la historia para volverlos literatura; si se precisa un acercamiento más exacto a los hechos de aquel 15 de noviembre, conviene indagar en datos y fuentes historiográficas. De todas maneras, se debe recordar que la historia no siempre recoge el sentir de los caídos, para eso está la literatura, la memoria, los relatos. Que esta novela sea un contrapunto, una versión, una cara de la moneda, la más comprometida con los trabajadores asesinados.
RELATOS-LITERARIOS

Para Gallegos Lara, escribir, crear, pensar, era una responsabilidad política que debía ejercerse únicamente para el abrigo, amparo y protección de los más necesitados. Su postura radical, sin embargo, fue (es) un pequeño lastre para algunos de sus compañeros de generación que decantaron sus caminos por las vanguardias viscerales, por lo que fueron duramente criticados. Controversias aparte, nadie puede negar la calidad y el legado artístico, literario e intelectual de Gallegos Lara, su vida fue un militar constante a favor de su pueblo; aún con sus piernas inútiles y sobre la espalda de Falcón, se batió en la calle a puño limpio, a pistola y a pedradas; compartió sus sueños con Nela Martínez, quién terminó su novela “Los Guandos”; escribió algunos cuentos memorables y una novela: “Las cruces sobre el agua”, un verdadero clásico de la literatura de realismo socialista de nuestro continente.

Años después de la masacre del 22, Alfonso Cortés regresó a su querella, contempló el manso Guayas, divisó una serie de cruces adornadas con flores flotando sobre la ría; eran, le dijeron, ofrendas en memoria de los caídos, de aquellos sacrificados que fueron arrojados para que se los tragaran las aguas.

El pueblo guayaquileño guardó luto por años, conmemorando el trágico suceso año tras año, arrojando sus ofrendas al río, recordando a los ausentes con esperanza y con el sueño eterno de un mejor mañana. Leed a Gallegos Lara, cien años después.

Escrito por Fernando Endara.  

Docente de Lenguaje y Comunicación, Universidad Indoamérica. Instagram: @fer_libros. 

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